Jean Carla
Méndez
Después del miedo
Déjate transformar por este viaje llamado vida
Alejandra llega a Barcelona buscando empezar de nuevo, pero un accidente aéreo cambia su vida para siempre. En medio del caos conoce a Santiago, un médico que se convierte en su inesperado refugio. Lo que parecía un encuentro pasajero pronto se transforma en una conexión imposible de ignorar.
Mientras enfrenta el miedo, la distancia y las heridas de su pasado, Ale descubrirá que el amor también exige valentía. Cuando la guerra y el destino amenazan con separarlos, deberá decidir si sigue huyendo o si, por primera vez, se atreve a elegir(se). Porque después del miedo, empieza todo.
© 2021
© 2021
Jean Carla Méndez
Jean Carla debuta como autora con Después del miedo, su primera novela. Doctora de profesión, encontró en la escritura una forma de explorar las emociones que transforman la vida. Su estilo conecta con quienes han tenido que reconstruirse y volver a empezar; en sus historias, el amor no es perfecto, pero sí valiente.
Actualmente trabaja en nuevos proyectos centrados en las relaciones humanas porque, para ella, las mejores historias comienzan cuando decides no huir. Vive en Monterrey junto a su esposo y su perrita.
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Después del miedo
Alejandra llega a Barcelona buscando empezar de nuevo, pero un accidente aéreo cambia su vida para siempre. En medio del caos conoce a Santiago, un médico que se convierte en su inesperado refugio. Lo que parecía un encuentro pasajero pronto se transforma en una conexión imposible de ignorar.
Mientras enfrenta el miedo, la distancia y las heridas de su pasado, Ale descubrirá que el amor también exige valentía. Cuando la guerra y el destino amenazan con separarlos, deberá decidir si sigue huyendo o si, por primera vez, se atreve a elegir(se). Porque después del miedo, empieza todo.
Después del miedo
Capítulo 1
Capítulo 1
—Ale, sabes que te voy a seguir a donde vayas, ¿verdad? —me dijo David mientras me tomaba de la mano y, con la otra, limpiaba la lágrima que resbalaba por mi mejilla.
Levanté la vista para mirarlo. David siempre había tenido esa forma intensa de observarme, con sus ojos oscuros cargados de una devoción que a veces me hacía sentir protegida… y otras, atrapada. Su rostro estaba tenso, la mandíbula apretada, como si el solo hecho de imaginarme lejos le doliera físicamente.
No solo lloraba por separarme de él. Había estado prolongando mi partida desde hacía tiempo. Siempre sentí que me faltaba algo más en la vida, como si mi hogar nunca hubiera sido del todo mío. Adoro a mi familia, pero jamás sentí que encajara realmente en ningún lugar. Tengo muchos amigos, pero muy pocos en los que de verdad confíe.
Siempre supe que algo allá afuera me esperaba. Por eso decidí postularme a una universidad en Barcelona para cursar un máster en Literatura Contemporánea. No fue una decisión impulsiva; fue más bien la culminación de algo que llevaba años creciendo en silencio dentro de mí. Los libros siempre han sido mi refugio: el único espacio donde nunca me sentí fuera de lugar. Nunca pensé que me aceptarían tan rápido y, cuando llegó la respuesta, lo tomé como una señal: era momento de irme, de empezar de nuevo y descubrir qué más había para mí.
Mi hermano mayor, Juan Pablo, vive ahí desde hace seis años: es cirujano. Hizo su especialidad en España y consiguió trabajo en un hospital donde le está yendo muy bien. Me dijo que me quedara con él; tenía un cuarto extra en su departamento, así que ese fue el factor principal para decidirme y no sentir tanto miedo.
—Ya hablamos de esto: no voy a pedirte que dejes todo por mí. Te acaban de promover en la empresa. Aquí está toda tu vida —le dije mirándolo a los ojos.
—Tú eres mi vida —respondió con desesperación.
El recuerdo se desvaneció con el sonido metálico de una voz anunciando salidas. Abrí los ojos de golpe. El aeropuerto estaba lleno, pero me sentía sola. Las luces blancas, las maletas rodando… Todo seguía en movimiento, menos yo. Tenía el celular entre las manos. La pantalla estaba apagada, pero podía imaginar su nombre ahí, como si nunca se hubiera ido del todo.
Respiré hondo. Ya no había manos que limpiaran mis lágrimas ni promesas dichas al borde del llanto. Solo estaba yo, sentada frente a una puerta de embarque, con un boleto a Barcelona y una vida entera desarmándose y volviéndose a armar al mismo tiempo. Miré alrededor y pensé que quizá los aeropuertos existían para eso: para recordarnos que nadie se queda, que todos partimos cargando algo que aún no sabemos cómo soltar.
Dijimos que intentaríamos la relación a distancia. La verdad es que yo no estaba muy de acuerdo. Ya había terminado con David en otras ocasiones. A veces sus celos me ahogaban tanto que sentía que no podía respirar; convertían la relación en algo tóxico, pero siempre prometía cambiar. Y, siendo sincera, ese era su único defecto. Para él, yo era perfecta, y eso también se convirtió en una presión constante sobre mis hombros. Muchas veces sentía que no podía corresponderle como necesitaba, pero a él le bastaba con lo poco que yo creía estar dando.
Escogí un asiento junto a la ventana; al parecer, el de al lado estaba vacío. Nunca me ha gustado volar, y mucho menos sola. Apenas me senté, sentí cómo mi frecuencia cardíaca empezaba a acelerarse. El sonido de las turbinas y las llantas contra la pista me terminó de poner nerviosa, así que decidí tomarme la pastilla para dormir. No quería pensar ni sentir nada durante el vuelo; además, había tormenta en España.
El reflejo del vidrio me devolvió una imagen cansada: ojeras marcadas por noches sin dormir, que hacían que mis ojos cafés se vieran más oscuros de lo normal; mi cabello rubio que descansaba sobre mis hombros y los labios mordidos por los nervios. Siempre había tenido rasgos suaves, pero en ese momento me veía más frágil de lo que me gustaba admitir.
—Estimados pasajeros, si hay algún médico a bordo, favor de acudir a la fila G. Necesitamos una valoración para uno de nuestros pasajeros —anunció una azafata por la bocina.
El vuelo apenas llevaba cuarenta minutos. Esperaba que hubiera un médico a bordo… Como mi asiento estaba casi al final del avión, no podía ver qué estaba pasando. Intenté no ponerme nerviosa. El tiempo pasó… y estuve a punto de quedarme dormida cuando alguien me interrumpió.
—Disculpe, señorita, ¿le molestaría si este joven se sienta aquí? Tuvo que ceder su asiento a una mujer que sufrió un ataque de pánico —me preguntó la azafata señalando a un chico de cabello castaño y ojos verdes.
—Claro, sin problema.
No pude decir que no. Le sonreí con timidez y él me devolvió la sonrisa. Luego cerré los ojos, pero los abrí de inmediato cuando comenzó a hablar.
—Soy Santiago —dijo extendiéndome la mano.
—Alejandra, mucho gusto —contesté estrechándosela.
—Gracias por darme el asiento. Una mujer empezó a sentirse muy mal después del despegue, por eso pidieron a un doctor. Yo la valoré. Solo fue un ataque de pánico; la azafata se quedará con mi lugar para acompañarla.
—Qué bueno que no fue nada grave —dije con la voz un poco débil, pues empezaba a sentir el efecto de la pastilla: los párpados me pesaban cada vez más.
—¿Eres mexicana también? —inquirió. Sonreí y asentí con la cabeza; me costaba mantener los ojos abiertos—. ¿Estás bien, Alejandra? —preguntó frunciendo el ceño.
—Perdón… tomé una pastilla para dormir durante el despegue —admití mientras sentía cómo me sonrojaba.
—No te preocupes. Descansa.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la ventana. No quería parecer grosera… pero ya no podía resistir más. Por fin, me dejé llevar por el sueño.
—Respira hondo, por favor. —Escuché lejana su voz—. Alejandra, respira —insistió.
Sentí su mano sosteniendo mi cabeza; también la mascarilla de oxígeno. Abrí los ojos de golpe. El avión se sacudía con violencia. Afuera no se veía nada, solo oscuridad. La turbulencia era brutal y los gritos de los pasajeros llenaban la cabina. Mi corazón empezó a latir descontroladamente. Sin pensarlo, tomé su mano.
—¿Qué está pasando? —pregunté con los ojos llenos de lágrimas. Él apretó mi mano con firmeza.
—Estamos llegando a España. Hay una tormenta fuerte. Entramos a una zona de turbulencia severa y se activaron las mascarillas. No quería despertarte, pero necesitaba asegurarme de que respiraras bien.
El avión volvió a sacudirse. Los gritos se mezclaron con el crujido del metal y, por un instante, sentí que el aire me faltaba. Todo era caos: luces que parpadeaban, cuerpos tensos y voces que rezaban en distintos idiomas.
—Mírame —dijo Santiago con firmeza mientras sujetaba mi rostro—. Respira conmigo.
Lo hice. No porque confiara en el avión… sino porque confié en él. Entonces ocurrió: un estruendo. Miré por la ventana y el miedo tomó forma. Una luz anaranjada rompió la oscuridad: fuego. La turbina estaba ardiendo. Las lágrimas comenzaron a caer sin control. Pensé en David, en mi familia, en todo lo que aún no había vivido. Pensé que huir no significaba querer morir… pero tampoco estar lista para quedarme.
—Estimados pasajeros, realizaremos un aterrizaje de emergencia en Madrid debido a un problema en la turbina izquierda. Por favor, permanezcan sentados con el cinturón de seguridad abrochado —anunció la azafata mientras sentía la mano de Santiago apretar la mía.
—Vamos a estar bien —susurró.
Cerré los ojos y me aferré a su mano como si fuera lo único sólido en medio del miedo. No sabía si el avión aterrizaría; no sabía si mi vida en Barcelona realmente comenzaría. Solo sabía una cosa: nada volvería a ser igual después de ese vuelo.
Capítulo 2
Capítulo 2
Ale, vi las noticias. Contéstame, me estoy muriendo». Había más de diez mensajes de David acumulados en la pantalla de mi celular: algunos escritos con urgencia, otros claramente enviados desde el pánico. Sentí un nudo apretarse en mi pecho. Lo llamé de inmediato para explicarle la situación, antes de que su imaginación lo llevara a escenarios peores de los que ya había vivido.
David estaba decidido a volar a Madrid en ese mismo momento. Su voz sonaba alterada, acelerada, como si no pudiera respirar con normalidad. Logré convencerlo de que no era necesario: estaba bien y ya habíamos aterrizado. Aun así, una parte de mí moría por que estuviera ahí: por sentir sus brazos rodeándome y me recordaran que ya todo había pasado.
Habíamos aterrizado de emergencia en Madrid y nos informaron que el vuelo a Barcelona saldría una vez que el clima mejorara. Sinceramente, no quería subirme a ningún avión en mi vida… o al menos no por ahora; el solo pensamiento me revolvía el estómago. Así que empecé a buscar alternativas, algo que me mantuviera con los pies firmes sobre la tierra. Fue entonces cuando encontré el camión a Barcelona; después de todo, ya no estaba tan lejos.
—Al parecer, salimos en dos horas —dijo Santiago sentándose a mi lado. Entonces le mostré la pantalla de mi celular sin decir mucho.
—Yo no —respondí—. Me voy en camión.
Él sonrió con suavidad, como si hablara con una niña asustada.
—¿Sabes que el viaje dura unas ocho horas? El vuelo es de menos de dos.
—No me importa —externé sin dudar—. Y gracias por tranquilizarme… Disculpa si casi te fracturo la mano.
Soltó una pequeña risa.
—Soy doctor, a eso me dedico —respondió guiñándome un ojo—. Te acompañaré.
Lo miré sorprendida.
—No —aclaré de inmediato—. Mi novio no estaría de acuerdo. Puedo ir sola.
Santiago no respondió enseguida. Sacó su celular, deslizó la pantalla unos segundos y luego me lo mostró.
—Muy tarde, ya compré el boleto —dijo con calma—. Y tranquila, tengo novia.
Sentí cómo mis mejillas comenzaban a arder de vergüenza. Asentí lentamente, sin saber muy bien qué decir. De cualquier forma, no tenía caso contarle todo a David. Se molestaría igual… y ya tenía suficiente estrés encima. Sus mensajes seguían llegando con intensidad, saturando mi celular, incluso después de haber hablado con él por teléfono.
Dejé el celular boca abajo sobre mis piernas, como si así pudiera silenciar también el nudo en el pecho y el miedo que todavía me recorría el cuerpo. Estaba viva, sí, pero me sentía fuera de mí, como si flotara apenas unos centímetros por encima del suelo. Me dolía la cabeza y un leve mareo me revolvía el estómago.
El aeropuerto de Madrid era enorme y ruidoso: personas que caminaban con prisa, anuncios en distintos idiomas y maletas que rodaban sin parar. Todos parecían seguir con sus vidas mientras yo aún intentaba procesar que, hacía solo unas horas, había pensado que no volvería a pisar tierra firme. Si antes tenía miedo a los aviones, ahora les tenía pánico.
Santiago estaba a mi lado comiendo un chocolate y revisando su celular. No invadía mi espacio: no hacía preguntas innecesarias, decía solo lo justo; solo estaba ahí y, de alguna manera, eso me tranquilizaba.
—¿Te duele algo? —preguntó después de un rato.
—Un poco la cabeza… Y sigo algo asustada —respondí con honestidad.
Asintió despacio.
—Es normal. El cuerpo tarda más que la mente en entender que ya estás fuera de peligro.
Suspiré y pensé en David: en lo alterado que estaba, en sus intensas ganas de venir a salvarme. Me sentía agradecida, claro; pero, al mismo tiempo, apareció esa sensación conocida de asfixia: como si quisiera vigilar cada paso que daba; protegerme tanto que terminaba por ahogarme.
—Mi novio quiere venir a España —dije de pronto, sin saber por qué se lo estaba contando.
—¿Y tú quieres que venga? —preguntó con curiosidad genuina.
Me sentí culpable. Lo fácil habría sido decir que sí; pero, al pensarlo de verdad, supe que no. No ahora.
—Creo que no —admití desviando la mirada—. No en este momento.
Noté cómo levantó ligeramente las cejas, pero solo asintió. No dijo nada más, y se lo agradecí. Miré el reloj: faltaba poco para que saliera el camión. Ocho horas por carretera. Ocho horas lejos de aviones, de turbulencias y de decisiones que todavía no estaba lista para tomar.
—Gracias por acompañarme —dije en voz baja—. No tenías que hacerlo.
—Lo sé —respondió—. Pero quise. Además, yo tampoco tenía muchas ganas de subirme pronto a otro avión.
Sonrió y yo le devolví la sonrisa por primera vez desde el accidente.
Cuando anunciaron la salida, tomé mi mochila y respiré hondo. Al subir al camión, sentí algo inesperado: alivio. Me senté junto a la ventana y observé cómo el aeropuerto quedaba atrás lentamente. El motor arrancó y, por primera vez desde que todo había comenzado, mi cuerpo empezó a relajarse.
No sabía qué me esperaba en Barcelona. No sabía si mi relación con David sobreviviría a la distancia. Pero mientras el camión avanzaba por la carretera, lo entendí con claridad: no estaba huyendo; estaba avanzando.


